Deivy Abreu salió a trabajar y no regresó a casa. Murió en medio de una calle, rodeado de personas. Muchos grababan pero pocos ayudaban. Y esa imagen duele tanto como el hecho mismo.
Nos estamos acostumbrando a mirar el sufrimiento ajeno como si fuera entretenimiento. A sacar el celular más rápido que la mano. A convertir una tragedia en contenido mientras una vida se apaga frente a nosotros.
Lo ocurrido en Santiago no solo debe investigarse para establecer responsabilidades. También debe servir para revisar en qué nos estamos convirtiendo como sociedad.
Porque cuando alguien cae y la primera reacción es grabar, algo se ha perdido por dentro.
No siempre será posible intervenir físicamente. Hay miedo, peligro y confusión. Pero casi siempre hay algo que hacer: llamar al 9-1-1, pedir ayuda, alertar, buscar apoyo, acompañar.
La indiferencia también mata cuando paraliza a todos. Hay que cambiar el viejo reflejo del morbo por el valor de la compasión. El verdadero coraje no es mirar sin hacer nada. Es actuar, asistir, mover voluntades, intentar salvar.
Las redes sociales no pueden seguir enseñándonos a observar sin sentir. Detrás de cada video viral hay familias destruidas, hijos sin padres y hogares marcados para siempre.
Hacemos un llamado a la conciencia: debemos enseñar en hogares, escuelas, iglesias y plataformas digitales que ante una emergencia se ayuda primero, no se graba.
Hay que dejar de premiar el contenido cruel y comenzar a reconocer los actos de solidaridad.
Un país no se levanta solo con obras. También se levanta con valores.
La sociedad que necesitamos no es la que mejor graba, sino la que mejor responde.

