EsquinaRD — Hay quienes ven rascacielos y ven arquitectura. Alex Honnold vio un desafío. Y lo enfrentó paso a paso, a 508 metros de altura, sin cuerdas ni arnés, convirtiendo la fachada del Taipei 101 en su propia pared de roca urbana.
El ascenso
El domingo 25 de enero, Honnold inició su subida por uno de los edificios más altos de Asia, frente a miles de espectadores y millones de televidentes en todo el mundo a través de la transmisión de Netflix.



Durante más de una hora y media, cada movimiento contó apoyos diminutos, precisión milimétrica, respiración controlada. Cada escalón era un diálogo entre su cuerpo, la estructura y la gravedad.
En la cima, se tomó una selfie histórica, un instante que simboliza no solo la hazaña, sino la concentración y calma que requieren estos retos.
Por qué importa
No es solo riesgo extremo. Es disciplina, preparación y años de práctica. Honnold no improvisa; cada movimiento es resultado de experiencia y entrenamiento constante.
Esta escalada urbana tiene un valor simbólico diferente a sus icónicas subidas en roca natural que muestra que la exploración y la paciencia pueden encontrar espacio incluso en lo construido por el hombre.



El mensaje detrás de la hazaña
El Taipei 101 no fue solo un escenario; fue un recordatorio de los límites que podemos retar con respeto y preparación. Honnold demuestra que la altura puede enseñar, más que asustar, cuando hay concentración y control.
Para quienes vieron la transmisión en vivo, quedó claro que esta historia no es sobre adrenalina o espectáculo, es sobre la maestría de un cuerpo y una mente que entienden el riesgo y lo convierten en logro.

